Hace cuatro años, cuando los rusos lanzaron su fallida Operación Militar Especial, la guerra de drones era algo accesorio, un complemento a la guerra convencional con tanques, aviones y artillería. Ahora, sin embargo, los drones se han convertido en el arma principal del campo de batalla. Su uso está cada vez más extendido y abarca toda clase de operaciones; esto es algo que Ucrania sabe muy bien, pero que también sabe Rusia. El IKAR (Instituto de Estudios y Análisis de Conflictos de Rusia) ha publicado un informe sobre las incursiones de drones rusos en el espacio aéreo de la OTAN y la Unión Europea desde 2022 hasta ahora, demostrando que representan una doctrina de inteligencia militar integrada y dirigida por el Estado; no son errores o fallos como asegura el Kremlin cada vez que un dron viola el espacio aéreo de una país de la OTAN, sino una operación sostenida de guerra híbrida que «ha evolucionado hacia el sabotaje industrial y logístico directo, bajo la cobertura deliberada de la ambigüedad en la atribución de la autoría».
Con el inicio de la invasión en febrero de 2022, destaca el informe, más de 400 agentes de inteligencia rusos, que operaban bajo cobertura diplomática, fueron expulsados de la UE, generando un déficit de inteligencia operativa para Rusia. La respuesta a este déficit fue la creación de una arquitectura de sistemas aéreos no tripulados (UAS), diseñada para operar de forma continua en la zona gris. Para ello, los servicios de inteligencia rusos han integrado la logística marítima comercial y la logística terrestre en un complejo operativo de reconocimiento y sabotaje. De este modo, «petroleros, graneleros y buques auxiliares de investigación se han convertido en plataformas móviles y autónomas de lanzamiento avanzado para drones de medio y largo alcance destinados a la recopilación clandestina de información de inteligencia». Un perfil operativo que: «garantiza una autonomía marítima sostenida y la capacidad de negar la implicación, al tiempo que elimina las señales de salida detectadas por los radares terrestres, lo que permite a las plataformas acercarse a los perímetros de los radares costeros a baja altitud antes de que los sensores terrestres las detecten».
En tierra, la falta de oficiales de inteligencia ha llevado al GRU, servicio de inteligencia militar ruso, al uso de intermediarios reclutados y desechables («intermediarios desechables») que permite también a Moscú enmascarar estas operaciones bajo la apariencia de espionaje industrial. El informe pone como ejemplo lo ocurrido en noviembre de 2024, con los vuelos de reconocimiento sobre las instalaciones de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos en East Anglia: «los agentes llevaron a cabo lanzamientos tácticos desde terrenos agrícolas mientras se hacían pasar por trabajadores temporeros, lo que impidió de manera efectiva la rápida atribución de la autoría y la identificación de los combatientes». Como culminación técnica de esta clase de operaciones, se cita la operación de sabotaje en el aeropuerto de Leipzig/Halle en agosto de 2026. «Desde el pueblo abandonado de Kursdorf/Kabelsketal se lanzó un dron FPV de ataque, utilizando una red de routers 5G industriales de alto rendimiento y repetidores de radiofrecuencia. Esta topología permite llevar a cabo operaciones de vuelo tácticas de forma remota desde terceros países o directamente desde territorio ruso, lo que genera una ambigüedad total en cuanto a la atribución de la responsabilidad y desvincula al operador del vuelo del punto físico de partida». Finalmente, los investigadores identificaron a un ciudadano ruso y a otro bielorruso como responsables de una acción en la que también habrían participado «intermediarios desechables».
La evolución de la estrategia rusa
El informe distingue cuatro fases operativas distintas en las operaciones aéreas no tripuladas rusas sobre Occidente entre 2022 y 2026. La primera fase en 2022-2023, tuvo como objetivo «explotar las líneas de fractura entre los centros de mando nacionales y las estructuras integradas de la OTAN», primero en Europa y desde finales de 2023 a ambos lados del Atlántico, llevando a cabo incursiones de reconocimiento. De 2024 a mediados de 2025, los servicios de inteligencia rusos empezaron a «llevar a cabo un mapeo disciplinado desde alta mar de los activos estratégicos logísticos y energéticos. La vigilancia persistente sobre el parque industrial de ChemCoast, las terminales de GNL y la central nuclear desmantelada de Brunsbüttel en agosto de 2024 pusieron de manifiesto un enfoque operativo centrado en los centros energéticos civiles críticos». En noviembre de 2024 se realizaron operaciones sobre las bases de la RAF de Lakenheath, Mildenhall y Feltwell, debido a las mejoras de infraestructura que se estaban realizando en esas bases para acoger munición termonuclear B61-12 modernizada.
A finales de 2025, pasamos a una tercera fase y de incursiones de reconocimiento a provocar graves perturbaciones económicas y civiles. En septiembre, «el despliegue coordinado de formaciones de UAS pesados con luces estroboscópicas activadas sobre los aeropuertos de Copenhague, Aalborg y Billund paralizó por completo la aviación civil en toda Dinamarca durante cuatro horas, dejando en tierra 190 vuelos, al tiempo que se sondeaba la base aérea de Skrydstrup, que albergaba a personal ucraniano de entrenamiento de F-16». También se reportaron vuelos de vigilancia sobre la base aérea de Volkel, en los Países Bajos, la base de submarinos de misiles balísticos de la Fuerza Oceánica Estratégica Francesa (FOST) en Île Longue, e incluso cerca del portaaviones francés «Charles de Gaulle», frente a las costas de Malmö, hasta que fueron neutralizados por un ataque electrónico sueco.
Y llegamos a la fase actual, que se inició esta primavera y que ha superado el umbral estratégico, en la que Moscú ha decidido llevar a cabo operaciones cinéticas destructivas. El 29 de mayo de 2026, un Geran-2 impactó contra un complejo de apartamentos residenciales en Galați, Rumanía, provocando incendios e hiriendo a dos civiles, las primeras víctimas civiles directas sufridas por un Estado miembro de la OTAN a causa de un ataque con un dron ruso. En agosto, el ya mencionado caso en el aeropuerto de Leipzig/Halle, un FPV que transportaba Semtex de alta potencia intentó destruir un avión de transporte estratégico An-124-100 de Antonov Airlines. El pasado 9 de septiembre, una incursión masiva de 21 drones en el espacio aéreo polaco, obligaron al cierre de los principales centros de tráfico aéreo y llevaron al Gobierno polaco a iniciar formalmente consultas en virtud del artículo 4 del Tratado de Washington.
Esta evolución en las operaciones con drones rusos sobre territorio occidental apunta hacia el sabotaje logístico continuo a escala industrial: «Estas operaciones están diseñadas para infligir daños colaterales deliberados a la población civil o a infraestructuras críticas dentro de los Estados de la OTAN, con el objetivo específico de generar fracturas políticas en el seno de la alianza occidental y socavar el apoyo público a la ayuda a Ucrania en materia de defensa», señala el informe.
¿Cómo se puede contrarrestar la amenaza rusa?
Además de la mejora de los sistemas defensivos, se plantean distintas medidas que los países occidentales pueden implementar para contrarrestar de forma eficaz esta amenaza rusa. Empezando por una revisión de las normas de intervención en tiempos de paz, que limitan la capacidad de respuesta ante la presencia de sistemas no tripulados en instalaciones críticas. «Un comandante debe tener una autoridad legal clara para emplear fuego cinético y de energía dirigida de forma inmediata contra cualquier sistema no tripulado no autorizado que penetre en el espacio aéreo restringido de la base».
Otro punto clave es la flota fantasma rusa, el informe recomienda la creación de una fuerza operativa en el mar Báltico y el mar del Norte, con el objetivo de llevar a cabo «operaciones de visita, abordaje, registro y confiscación contra los buques de la «flota en la sombra» sujetos a sanciones que manipulen sus transpondedores AIS, exhiban documentación de pabellón fraudulenta o transporten sistemas tácticos no tripulados no declarados y personal técnico».
Los países occidentales disponen de los medios necesarios para hacer frente a Rusia. El problema no está en la falta de medios, sino en la falta de voluntad política para emplear esos medios. Hasta ahora, esa falta de voluntad política, ese «miedo a la escalada», solo ha llevado a que Putin, que solo entiende la fuerza, siga subiendo la apuesta. Quizá ha llegado la hora de cambiar de estrategia.
Puedes leer el informe completo aquí.

























