El pasado 25 de mayo, su Beatitud Sviatoslav Shevchuk presentó su libro «Crónica de una guerra sacrílega» en la Universidad CEU San Pablo, en Madrid (se puede ver la presentación aquí). Un título que nos remite a la justificación de una guerra de agresión por parte de la Iglesia Ortodoxa Rusa, que bendice los misiles que bombardean las ciudades ucranianas, colabora en la persecución de otras confesiones religiosas y califica de «Santa» una guerra criminal. Asistí a la presentación y escribí un artículo sobre las serenas palabras del primado de la Iglesia greco-católica ucraniana, y he tenido el privilegio de poder entrevistarle unos días después de la celebración del día de la independencia de Ucrania. Hablamos, entre otras muchas cosas, de la «guerra justa», de cómo vencer al odio y del don de la libertad.
Frente a la guerra sacrílega que está realizando Putin con el apoyo de la Iglesia Ortodoxa Rusa existe el concepto cristiano de la «guerra justa».
Hoy en día el concepto de la «guerra justa» está cambiando y el Papa León está repensando mucho su significado. Muchas veces no se habla de la guerra justa, sino de la guerra justificada, y todos quieren justificar el uso de armas modernas para usar la guerra como un instrumento para resolver los problemas entre los Estados. Por eso hay que desarrollar el lenguaje y ser más exactos. En el último consistorio que tuvo lugar en Roma, los cardenales prácticamente rechazaron el concepto de la «guerra justa» porque la guerra jamás puede ser un medio para alcanzar objetivos políticos o económicos internacionales.
Además, el mismo modo de hacer la guerra ha cambiado muchísimo. Cuando analizamos el concepto tradicional cristiano de la «guerra justa», vemos que nació en un momento en que los ejércitos se enfrentaban cara a cara en una lucha entre los combatientes y donde se hacía todo lo posible para limitar el uso de la violencia y los daños de la guerra. En este sentido, jamás se justificaba el mal provocado a los no combatientes: los civiles, los médicos e incluso los heridos. Todo ese mundo ya no existe y el Papa León dice que las armas han cambiado hasta tal punto que su uso conlleva graves sufrimientos a la población civil.
Obviamente, cuando rechazamos el concepto de la «guerra justa» tenemos en mente al agresor. El derecho de una nación para defenderse no entra en esta discusión. El derecho a la autodefensa de una persona debe estar garantizado y lo mismo podemos decir de un Estado, considerando el uso proporcionado de los medios de la defensa.
Para Rusia los no combatientes son un objetivo militar y ya no se trata solo de armas convencionales, sino del uso de drones en cacerías humanas contra los civiles. ¿Qué busca Rusia con esta clase de guerra?
En Ucrania estamos en medio de una guerra híbrida que no sólo se hace con las armas, sino también con la economía y la desinformación. Incluso el frío del invierno se ha convertido en un arma en una guerra cuya víctima principal es la población civil.
Es una guerra que plantea nuevos problemas éticos y morales, porque los drones están equipados con cámaras y el operador de drones ve a quién ataca. Y sí, la mayoría de estos ataques son contra civiles e intencionalmente se quiere causar el máximo sufrimiento a la población. La línea del frente está prácticamente estancada por varios motivos y la guerra hoy en Ucrania se parece mucho a la guerra entre Irán e Irak en los años ochenta. Fue llamada la «guerra de las ciudades» porque el objetivo era destruir las ciudades y que la población civil se rindiera. Por eso, esta guerra jamás puede estar justificada.
Usted dice que «el amor da a luz héroes, el odio produce criminales». Hemos visto muchas imágenes de soldados rusos asesinando a prisioneros de guerra ucranianos, pero no vemos a los soldados ucranianos comportarse de ese modo. En este sentido parece que hablamos de dos mundos diferentes.
Es que son dos mundos completamente diferentes: el mundo de la conciencia militar rusa y el modo de pensar y actuar de Ucrania. Yo fui soldado del ejército de la Unión Soviética y he conocido muy bien esta mentalidad que sigue viva en el ejército ruso. Por ejemplo, en el ejército soviético no se estudiaba el derecho internacional ni humanitario porque el único modo de ejecutar una acción dependía de la orden de un superior, fuera esta la orden que fuera, y el soldado solo tenía que obedecer. Aquí desempeñan un papel fundamental los sacerdotes militares, que contribuyen a deshumanizar al enemigo. Hemos escuchado muchas veces a capellanes ortodoxos rusos decir que los ucranianos son animales, que no son seres humanos, y vemos cómo las fuerzas rusas tratan a los prisioneros de guerra y a la población civil.
Sin embargo, en Ucrania tenemos otro modo de ver las cosas y promovemos el derecho, porque sin estado de derecho no hay auténtica democracia, y apostamos también por el principio de subsidiariedad. Tenemos el derecho de pensar y también el deber de pensar. En el aspecto militar nuestro ejército es mucho más flexible que el ruso para tomar decisiones, a veces inesperadas para el enemigo, y esto hace que sea mucho más eficiente. Para un cristiano, siempre es importante la voz de la propia conciencia y en este sentido el capellán militar tiene que ayudar al soldado a seguir siendo humano y al comandante a no deshumanizar a sus propios soldados. Por eso, cuando un soldado ucraniano toma un prisionero de guerra ruso, piensa por encima de todo que ese prisionero es un recurso para rescatar a sus compañeros del cautiverio.
En su libro habla de «vencer gracias al amor a nuestra patria, a Dios y al prójimo», sin embargo, ¿no es el odio la reacción natural ante la crueldad del invasor?
Hay mucho odio en Ucrania, pero es un sentimiento que no podemos permitir que nos domine, porque el odio, como el miedo, es un mal consejero. Con la virtud del amor somos capaces de vencer el odio. Más aún, según la doctrina clásica espiritual y moral católica, el instinto de la ira es algo natural, pero con nuestra voluntad y el uso de la razón podemos cambiar la ira por la virtud de la fortaleza. Esa energía se puede canalizar en la dirección correcta y hoy día necesitamos mucha fortaleza para defender nuestro país. Y por la gracia del Espíritu Santo, la fortaleza humana se convierte en la virtud de la esperanza. Por el contrario, si uno se deja llevar por la ira, cae en manos del odio y es vencido por el enemigo. El odio te hace semejante a aquello que quieres combatir. Si el enemigo pone su odio en tu corazón, ya estás vencido.
Es muy importante entender estas reglas de la vida espiritual y que los capellanes y los sacerdotes de las parroquias expliquen estas reglas a la gente para que puedan canalizar la ira y vencer el odio.
Hace un año entrevisté a Maxim Abramov, un capellán militar ucraniano. Me dijo que Dios iba a ser todavía más necesario después de la guerra, cuando los soldados dejen de tener un propósito. ¿Está de acuerdo?
Sí. Capellanes y psicólogos dicen que es mucho más fácil entrar en la guerra que volver a la vida normal, porque regresas con la experiencia terrible que has vivido en la guerra. Creo que vamos a tener muchos desafíos para que la ira y el odio que hoy se dirigen hacia el enemigo no se vuelvan hacia el interior de la sociedad. Vamos a tener conflictos políticos y económicos, y tendremos que volver a integrar a los veteranos en la sociedad, ofreciéndoles trabajo, un salario justo y oportunidades, o de lo contrario veremos aumentar la criminalidad. Otro gran desafío es el problema de la salud mental, porque muchas personas están heridas psíquicamente y es necesaria la rehabilitación.
Es interesante ver que el gobierno ucraniano entiende que sin la colaboración con la Iglesia es imposible lograr esos objetivos. Por eso, el concilio de las Iglesias ucranianas está reflexionando sobre esta responsabilidad y cómo guiar a la sociedad para vivir en la paz. La paz no es solo un concepto diplomático o la firma de un acuerdo de paz, nosotros mismos tenemos que ser capaces de vivir en la paz. Tener la capacidad de calmar el corazón humano y curar las heridas del trauma de la guerra. Va a ser un gran desafío pastoral para todos nosotros.
En caso de peligro, cada ucraniano prepara los objetos más necesarios y corre al refugio antiaéreo, pero en su libro hay una reflexión sobre la necesidad de preparar también una maleta espiritual de emergencia. ¿Con qué se llena esa maleta espiritual?
Sobre todo, se llena con la oración. La gente quiere rezar y la oración es el respiro del alma. Personas que jamás habían rezado antes, lo hacen cuando están bajo un bombardeo y buscan a quienes les enseñen, a los maestros de la oración. Hay una historia clásica de un discípulo que se acerca a un maestro espiritual, a un monje, y la primera petición que le hace es: «Padre, enséñeme a rezar». Lo que hicieron los apóstoles con Jesucristo. En cada refugio antiaéreo hay una escuela de la oración y tenemos muchos grupos, como el de las madres que han perdido a sus hijos en la guerra, que se reúnen para rezar juntos. La oración es la primera cosa que tiene que estar en tu maleta espiritual.
La segunda cosa es la palabra de Dios. En el sufrimiento, la gente busca el sentido de su propio sufrimiento, el sentido de su propia vida. Están buscando a Dios. Y nosotros los cristianos creemos en un Dios que tiene la palabra, no es mudo, nuestro Dios habla. Y del mismo modo que hay que ayudar a la gente a hablar mediante la oración, hay que escuchar la respuesta. Por eso, el apostolado bíblico es hoy tan popular en Ucrania. La gente descubre la palabra de Dios. Los católicos en Ucrania somos una minoría, un 12% de la población, pero nuestra voz es importante para la mayoría de los ucranianos. Muchos ortodoxos y protestantes me dicen: «Monseñor, cada domingo escucho su homilía», y hay que ser consciente de que no solo te diriges a tus feligreses, sino de que el mensaje va más allá de las fronteras confesionales porque la palabra de Dios, el anuncio de la buena nueva de nuestro Señor Jesucristo, es, en el día de hoy, una fuerza para todos. Cada día descubro la realidad de las palabras de San Pablo, que en su carta a los romanos dice que no se avergüenza del Evangelio porque es la fuerza de Dios para cada creyente.
Y el tercer elemento de la maleta es la obra de la caridad. No puedes sentarte en el refugio antiaéreo aislado de los demás porque si te encierras en ti mismo, te vas a lastimar. Por eso, el canto nos ayuda mucho. En los momentos más difíciles del bombardeo se empieza a cantar, a veces una canción conocida por todos, pero luego se convierte en una oración. A veces, la gente canta, sonríe y llora en el mismo momento.
En febrero le entregó al Papá León una escultura de una paloma herida por un trozo de metralla ruso, todo un símbolo de que Ucrania está herida, pero viva. El Vaticano apoya a Ucrania, pero muchas veces se echa en falta una condena explícita del agresor. ¿Se sienten respaldados por el Vaticano?
Sí. Me siento muy respaldado por el Papa León y le puedo dar un ejemplo muy reciente. El 25 de agosto, el arzobispo Paul Gallagher, que es secretario para Relaciones con los Estados, estuvo de visita en Moscú e hizo una rueda de prensa con Lavrov. Gallagher afirmo claramente que esta guerra tiene que terminar y que no tiene solución militar. Más aún, tuvo el coraje de hablar de guerra y no de una operación militar especial, algo que está condenado en Rusia. La presencia de Gallagher en Moscú diciendo que la guerra tiene que parar, que no es un instrumento para resolver los problemas internacionales y que no puede ser justificada, es una voz profética. Es como bajar al infierno y hablar de la resurrección.
Si hablamos de la misión diplomática de la Santa Sede, su mensaje es claro. Obviamente, no usa el lenguaje de la condena, pero es propositiva, propone soluciones para salir de esta locura. El mensaje cristiano es muy claro: una guerra jamás puede ser «santa», como dice el Patriarca Kirill, ni «justa», sobre todo al tratarse de una agresión.
Respecto al Santo Padre, él siempre habla de la protección de la población civil y de los más vulnerables en esta guerra. Y también contamos con el respaldo de las redes humanitarias de la Iglesia católica, mientras que la asistencia proporcionada por Naciones Unidas y por los distintos Estados, como la que canalizaba USAID antes de su cancelación, se ha reducido drásticamente. Estamos bendecidos por el Papa León, la diplomacia de la Santa Sede y la solidaridad universal de los católicos de varios países, sobre todo los de España. Y estamos muy agradecidos por tanta caridad que está salvando muchas vidas en Ucrania.

Se acaba de cumplir el 35 aniversario de la independencia de Ucrania. Usted nació en una Ucrania que no era libre y que estaba sometida por el «imperio del mal», que es como Ronald Reagan definió a la URSS. ¿Fue para usted una sorpresa la caída de la Unión Soviética?
La caída de la Unión Soviética fue para todos nosotros una gran sorpresa, pero nuestra Iglesia fue la pequeña piedra que derribó a este coloso. Existíamos en la clandestinidad, éramos un grupo pequeño y perseguido, pero fiel, y supimos ser libres en un país totalitario. Por eso, para nosotros, la libertad, que luego fue reconocida públicamente con la independencia, no es una categoría política o diplomática, sino espiritual. Ser libres es más que tener posibilidades libres, y la Iglesia, la vida espiritual, fue para nosotros una auténtica escuela de la libertad: La libertad de los hijos de Dios que no es libertinaje ni anarquía, sino que siempre está ligada a la responsabilidad por la propia conducta humana y cristiana. Una responsabilidad con el país y con la sociedad civil que renació en este momento.
La Iglesia fue la levadura para la transformación de la sociedad ucraniana desde un país post comunista y colonial a uno democrático y libre. Ucrania es libre porque su gente ha aprendido el valor de la libertad y está dispuesta a defenderla. Para nosotros, el Día de la Independencia es una celebración de ese don de la libertad. Y para los cristianos es también un día de oración y de acción de gracias por el don de ser libres.
Muchos en Occidente se han olvidado de que la libertad hay que defenderla.
La libertad siempre está vinculada con una elección justa. Hay que elegir bien. Si eliges mal, serás otra vez esclavo. Mientras que el bien supremo es nuestro Señor y la palabra de Dios, que te ayuda a comprender la presencia del bien en tu espacio vital.
¿Cree que veremos la caída de este «imperio del mal» que pretende resucitar Vladimir Putin?
Creo que este intento de reconstruir la Unión Soviética es una utopía porque jamás se puede volver atrás en la Historia. Querer construir el futuro con la mirada del pasado es muy peligroso. Hay un chiste judío de Odesa que dice: si estás mirando todo el rato hacia atrás, estás dando la espalda al futuro. No se puede reconstruir el imperio porque ese no es el futuro y la mentalidad imperialista está condenada por la Historia. Y creo que la victoria ucraniana va a ayudar a Rusia a repensar su visión imperial y a liberarse de un peso que debe dejar atrás. Hay que construir el futuro, no quedarse anclados en el pasado.

























