Adiós Jamenei

A principios de enero de este año nos despedíamos con un rotundo «adiós» del dictador narcocomunista venezolano Nicolás Maduro, destituido por una operación militar estadounidense y conducido a una prisión de Nueva York. Poco después, estallaba la revuelta popular en Irán de mujeres y hombres exasperados, aplastados en sus derechos y empobrecidos por la teocracia islámica chií de los ayatolás, y las barbas fundamentalistas en el poder respondían con una sangrienta represión, asesinando a más de 30.000 personas, pero al mismo tiempo comenzaban a dar señales de fragilidad por primera vez desde 1979, año de la expulsión del Sha y del infausto advenimiento de Ruhollah Jomeini, a pesar de la mano dura de los Pasdaran sobre los manifestantes. En aquellos días, tras habernos despedido de Maduro, confiábamos en otra caída histórica y muy liberadora, es decir, la de los ayatolás iraníes, capaz de transformar este 2026 en un año verdaderamente excepcional mediante la desaparición de tiranías criminales que durante demasiado tiempo han causado daño, ante todo a sus respectivos pueblos y luego al resto del mundo.

Con el inicio de marzo podemos afirmar que estamos próximos al colapso de la sombría dictadura religiosa que mantiene sometido a Irán desde hace casi cincuenta años. La República Islámica sigue en pie, desde luego, pero la muerte del Líder Supremo Ali Jamenei, el sucesor directo de Jomeini que permaneció en el poder durante casi 37 años, representa un punto de inflexión fundamental que cambiará en cualquier caso la naturaleza del régimen de Teherán y su forma de actuar tanto en el país como en el mundo, aunque no llegara a producirse un «cambio de régimen» completo. Las probabilidades de una desaparición definitiva del sistema teocrático nacido tras la revolución jomeinista de 1979 son, no obstante, muy elevadas porque Estados Unidos e Israel, tras las primeras incursiones aéreas sobre Teherán que provocaron, precisamente, la muerte de Jamenei y de más de cuarenta dirigentes políticos, militares y Pasdaran, tienen la intención de continuar la operación militar en Irán durante varios días más, y, al menos por parte del Estado hebreo, se ha filtrado la voluntad de proseguir hasta el colapso total de la tiranía política y religiosa de los ayatolás.

Parece que también ha resultado muerto el expresidente Mahmud Ahmadineyad, uno de los presidentes más fanáticos que la República Islámica haya tenido jamás (las dos figuras fundamentales de poder en Irán han sido hasta ahora el Líder Supremo, con mandato vitalicio, y el presidente de la República elegido cada cuatro años). Ahmadineyad, antioccidental y antiisraelí hasta la médula, fue uno de los más convencidos defensores del programa nuclear y de las ambiciones de convertir a Irán en una potencia regional hostil, no solo hacia Washington y Jerusalén, sino también hacia las odiadas monarquías suníes del Golfo Pérsico. Un pésimo personaje decidido a amenazar la estabilidad mundial, que, si realmente hubiera muerto, no sería llorado al igual que Ali Jamenei. La operación israelí-estadounidense, denominada Epic Fury, continúa en curso y no se puede saber ahora si la caída total del régimen iraní está próxima, o si es más factible en lo inmediato un cambio de régimen parcial siguiendo la línea del que se concretó en Venezuela.

Irak y Libia han enseñado que demoler de un solo golpe regímenes sin duda pésimos, pero complejos y arraigados, puede ser contraproducente y quizás, al menos en determinados contextos, es menos arriesgado aniquilar las dictaduras por etapas en lugar de generar peligrosos vacíos. Venezuela sin Maduro ya es un lugar mejor para quienes lo habitan, además de la desaparición de las amenazas para Occidente, y muchos prisioneros políticos han sido liberados por la presidenta interina Delcy Rodríguez. Irán sin Jamenei, sin Ahmadineyad, obligado a moderarse por la aviación estadounidense e israelí, con los Pasdaran decapitados, ya sería un lugar menos violento en su interior y menos peligroso para el mundo, aunque, ciertamente, el logro pleno de las libertades y de la democracia es el resultado ideal al que aspirar, si no de inmediato, al menos a medio plazo. En cualquier caso, Epic Fury era inevitable porque, a pesar de los recientes intentos orientados a negociar una salida pacífica, una casta de fundamentalistas religiosos como la de los ayatolás comprende, al final, solo el lenguaje de la guerra y su desaparición de la faz de la Tierra corresponde a la apertura de una página nueva para todos, para los iraníes obviamente, pero también para el resto del mundo, partidarios rusos y chinos aparte, en riesgo ante una teocracia que ha intentado construirse la bomba atómica y ha financiado todas las organizaciones terroristas posibles (Hamás, Hezbolá, hutíes), además de asesinar a su propia gente.

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Roberto Penna
Roberto Penna
Roberto Penna nasce a Bra, Cn, il 13 gennaio 1975. Vive e lavora tuttora in Piemonte. Per passione ama analizzare i fatti di politica nazionale e internazionale da un punto di vista conservatore.

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